March 2012
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Digamos todo esto:
que la soledad, que la nostalgia, que el ayer que vivimos,
son apenas esta noche que no te veo mirándome a los ojos.
Digamos de la guitarra que lo dice todo:
la penumbra, el beso tímido,
el insomnio deshojando margaritas,
la pobre y estúpida pena de amor, digamos,
en fin, digamos
que todo esto es apenas la certeza
de que alguna vez fuimos felices.
La Maga se peinaba, se despeinaba, se volvía a peinar. Pensaba en Rocamadour, cantaba algo de Hugo Wolf (mal), me besaba, me preguntaba por el peinado, se ponía a dibujar en un papelito amarillo, y todo eso era ella indisolublemente mientras yo ahí, en una cama deliberadamente sucia, bebiendo una cerveza deliberadamente tibia, era siempre yo y mi vida, yo con mi vida frente a la vida de los otros.
No había un desorden que abriera puertas al rescate, había solamente suciedad y miseria, vasos con restos de cerveza, medias en un rincón, una cama que olía a sexo y a pelo, una mujer que me pasaba su mano fina y transparente por los muslos, retardando la caricia que me arrancaría por un rato a esa vigilancia en pleno vacío. Demasiado tarde, siempre, porque aunque hiciéramos tantas veces el amor la felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este placer, un aire como de unicornio o isla, una caída interminable en la inmovilidad. La Maga no sabía que mis besos eran como ojos que empezaban a abrirse más allá de ella, y que yo andaba como salido, volcado en otra figura del mundo, piloto vertiginoso en una proa negra que cortaba el agua del tiempo y la negaba.
No estábamos enamorados, hacíamos el amor con un virtuosismo desapegado y crítico, pero después caíamos en silencios terribles y la espuma de los vasos de cerveza se iba poniendo como estopa, se entibiaba y contraía mientras nos mirábamos y sentíamos que eso era el tiempo.
Te quiero querer con todo y la imposibilidad del asunto.
Hay ríos metafísicos, y él los va nadando todos, yo lo miro desde la orilla temiendo entrar al agua y ahogarme.
Un día decidí nadarlos pero al entrar al agua empecé a hundirme y él solo me miraba, y le gustaba que me ahogara en él, porque era en él donde me ahogaba, en su piel, en su lengua, en su saliva, eran sus ríos metafísicos.
El estaba enamorado de mí pero ya no se encendida como un fósforo al verme, dijo que fueron las aguas de mi propio río, pero yo se que él nunca pasó de la orilla, ademas mis ríos no son tan profundos como para que alguien se ahogue en ellos, es mas, hasta dudo a veces si alguien mas tiene ríos metafísicos.
Para leer escuchando: Miles David - ‘Round Midnight